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Kim Jong-nam, el hermanastro mayor del líder norcoreano Kim Jong-un, esperaba por su vuelo en el aeropuerto de Kuala Lumpur, en Malasia. De repente, dos mujeres desconocidas se le acercaron y lo rociaron con una extraña sustancia. Ellas salieron corriendo y él comenzó a descompensarse. La escena fue relatada por la propia víctima cuando era trasladado al hospital, minutos antes de morir.

Misteriosos asesinatos como ese han perseguido a personajes identificados por el gobierno de Corea del Norte como sus enemigos. Y Kim Jong-nam, de 46 años, era un nombre resonante en esta lista. De ser un posible heredero al trono se convirtió en uno de los más fuertes críticos del gobierno de su hermanastro. Una vez declaró a un diario japonés su hostilidad al sistema dinástico en Corea del Norte y calificó a Kim Jong-un como carente de “sentido del deber y de seriedad”. Las primeras investigaciones dicen que lo mataron con aerosol tóxico.

El régimen comunista ha sido acusado varias veces de usar materiales tóxicos para matar a desertores y activistas de derechos humanos críticos con su gobierno, recuerda The Korea Herald. En 2011, por ejemplo, al activista de derechos Park Sang-hak que dirigía una organización cívica que envió folletos anticomunistas al Norte, se salvó de que un espía lo asesinara en Mongolia. El sicario fue arrestado con una lapicera con una punta tóxica, dos pistolas con municiones envenenadas y píldoras capaces de matar a su víctima en menos de tres segundos.

Un pastor surcoreano que ayudó a desertores norcoreanos en Dandong, China, fue asesinado por un agente norcoreano que usó otra lapicera tóxica. El delito de Patrick Kim fue haber entregado biblias y folletos en contra del ex líder Kim Jong-il, padre del actual dictador.

Pero los métodos de Pyonyang no siempre fueron tan sutiles. Una explosión terrorista ocurrió en 1983 cuando el ex presidente de Corea del Sur, Chun Doo-hwan, visitó la tumba de Aung San, político birmano. Murieron 17 personas y 14 resultaron heridas. Más tarde se descubrió que tres oficiales de las fuerzas especiales de Corea del Norte sembraron dos explosivos encima del techo de la tumba.

En noviembre de 1987, un año antes de que los Juegos Olímpicos se celebraran en Seúl, dos espías norcoreanos también plantaron bombas en un avión de la aerolínea coreana para interferir con la preparación del evento deportivo. Los 115 pasajeros a bordo murieron en la explosión.

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